sábado, 25 de febrero de 2012

Voy a encerrarme de veras.
Nuevamente, Leticia, elucubraré cada movimiento seguido de un beso: desconfío de mi sombra. Ando como un perro persiguiéndose la cola: de esa manera ridícula y maravillosa que han ideado los perros para desconocerse, para borrarse la baba del hocico y ser un perro extranjero en el reflejo de sus ojos al toparse con un charco.
La verdadera tragedia, Leticia, es no poder ser tú para poder adivinarme, para crearme un nuevo cuento.
Un poco de sinceridad siempre desconcierta.
Pasé el día imaginando que una vez seguro de que no vales ni una mierda, iba a liberarme del telenovelesco desenlace. ¿Qué nueva ansiedad aparecerá después de esta madrugada?, ¿seré algún día un caballero inglés?
Llego a mi cama cansado de mí, con ganas de quitarme el cuerpo o de extraerme un órgano para que un dolor verdadero, producto de una herida verdadera, venga a inquietarme este sueño agotado de verte a mi lado, jodiéndome, hurgando donde no debes, presionando cada vez más fuerte el absceso que cubro con gasas.
Ojalá me despertara con la certeza de ya no necesitar más anestésicos, de tener el cinismo para enfrentar mis propias lágrimas, de masticar y escupir al retrete mejores argumentos para encontrar una puerta en la que puedas estrellarte después de haber recibido el impacto de una patada en el culo.
Pero esta necedad, quizá esta urgencia de tenerte en mis brazos -aunque yo no sea suficientemente sincero como para acercarte a mi humedad- estas ganas de olerte cada poro, me encabronan. Por qué no es tu cuerpo, o tu voz, o tu amargura las que me permiten reconstruirme; soy yo mismo, persiguiéndome la cola, tragándome los mocos para no sentir que desfallezco, para tratar de entregarme un instante que haga valer la pena a todo este montaje.
Y qué oprobioso es vivir de tu porquería, aunque en este caso, sin afán de protagonismo, lleve mi mismo nombre y apellido…

lunes, 9 de enero de 2012

De pronto, Leticia, volviste a ser la misma. Las palabras se volvieron sedas, las caricias, simples; los deseos, bien transparentes.

Te reencontré algún día, acostada, acariciando tu cabello; no me recibiste con los mismos ojos: ya no espejos, ya no inmóviles. Sin hablar, sin pedir. Te amé tanto, tantísimo, Leticia, que…


El vagón de metro, tu libro casi roto.
Bella, inquieta, quizá muriéndote de miedo. Pobre estúpida, te amo… La amo. Los golpes, las mujeres maltratadas, los blancos, el flash, tus senos, el proyector. Yo siempre como un hijo de puta creyendo en aviones y elefantes rosas; pendejadas. Un hijo de puta, imbécil hasta ponerse rojo, sobreviviente estúpido, optimista sin huevos. Y seguir hasta que me dejaste llorando en Bellas Artes, hasta la amenaza, el aborto, los golpes en cara, los insultos de medio pelo. Un pendejo al que asistes para lavarte no sé cuál pedazo de consciencia. Eres tantas. Cada día resultas un problema distinto, vas rápido, me estás jodiendo.

Pese a que en estos momentos mis recuerdos surgen sin que las tramas me conduzcan a concluir alguna cosa, la que fuera: mi ubicación o por lo menos mi nombre, considero divertirme creándome mitos sobre lo sucedido. ¿Te imaginas? De repente olerte, darte una mordida, Leticia.

Soy un niño: así me siento. Mírame. Soy un chaval aún. 

martes, 29 de noviembre de 2011

Es esta aparente calma, Leticia, de saberte muerta, de saber que esa aparición tuya no puede ser más que una pinche manía mía: un recuerdo olisqueado por mi nariz, por mi hocico.
Las plegarías cada noche y mis labios llamándote son también una reconstrucción mordisqueada.
Qué solo y pinche me siento en esta casa, con estos libros cayendo sobre mi cabeza, con un pedazo oscuro de esperanza que pide verte, aún putrefacta, moviendo las piernas de una esquina a la otra.
Porque sí, Leticia, sumas todos mis entierros, mis despedidas, mis abrazos tercos a esta tierra que todavía puedo nombrar “tierra”.
Porque eres mis ires y mis retornos: una súplica con las manos hacia arriba, mi epitafio, mi resignación, mis estertores y actas de defunción de todos lo que llevo aquí colgados.
Eres, Leticia, la piel transparente y el hedor de mis muertos.
Eres su consigna: un montón de gusanos agolpados en la cienes, mechones de cabello saludando la superficie y huesos finos clamando no hacerse polvo.
De repente, Leticia, abandonar tu cuerpo, único asidero en la rutina de cada mañana, me hizo perder la última gota de dignidad en una eyaculación en el vientre de la nada.
Me quede con mi casi, con mi cobardía, tragándome todas las palabras.
Hubo mejores mujeres, con senos maternales, con piernas estilizadas, como de modelo… y seguías persiguiéndome en la tranquilidad de mi taza de café, en mis dedos manchados por la tinta del periódico,  asquéandome con esos dientes amarillos, con tus malos modales, con tus procacidades.
Hubo mujeres y hombres dispuestos a morir a mi lado.
Hubo un tiempo, ese entonces, en el que yo soberbiamente me dediqué a borrar cada tatuaje, cada falta; me dediqué a limpiarte y a consagrar mi sed a ti un minuto cada día en un terco afán de anclarte a esta tierra yerma, hostil, tuya, mía.
¿Para qué?
Si  ya no puedo quejarme, si con tu ida secaste dramáticamente mis ojos… ¿para siempre? ¡Qué chingados! Sí, para siempre, aunque no crea en el tiempo, aunque cohíba tus retrasos con suspiros cursis, con recuerdos que nunca han servido para nada.
Leticia, ¿cómo puedo contarte lo que ya has visto?
 No soy más que esta estampa, no siento más que tu ausencia, no me fio de aquellos cuerpos ni de sus necesidades.
Estoy sólo hecho una sombra, viviendo a tu asecho, esperando tu vuelta como un acto de misericordia de no sé quién chingados, porque he derribado esas figurillas de diosas, porque no tengo más palabrería mascullada a manera de credo…

jueves, 6 de octubre de 2011

Una más, Leticia, para adorarte con todas las lágrimas del mundo.

Nuevamente no llegaste a la cita: te valió madres el café y las rosas, el haberle prometido el culo a cualquier bestia, a mí.

Aquí, instalado en la esquina -esperando a que como fantasma, como siempre, aparecieras con los labios desflorando cigarrillos, pintándolos de carmín- acordé esperarte por negligencia, por este estúpido afán de re-edificar mi deseo o una inopinada lealtad hacia tu figura con jeans entubados o una súplica cortés hacia tu cuerpo que se me va borrando con el humo de los 30 tabacos que me fumo al día.

Chingo a mi madre por entronizarte, una y mil veces; te juro que me la chingo, Leticia, si te viera llegar aún cinco horas tarde. Porque es que aquí expuesto a la vista de esos inútiles, me mimetizo y luego me voy, por simple ocio, a buscarme entre sus ojos, a saberme con su alegría estéril, con su puto complejo de inferioridad disfrazado para justificar que te espero como la llegada del último día, con esa ilusión infantil colorándome las retinas.

Vaivén de pensamientos que se estrellan en la muralla que te protege de cualquier razonamiento, de la duda y de un ‘por qué chingados’ que tanto me prohíbo para conservarte inmaculada y puta, libre, tal como, seductora de boca grande y labios que aspiran de todo, menos mi verdadero perfume.

Entonces, las tres de la mañana, un camino repleto de basura, nueve cuadras al auto, tres cigarrillos, conjugan esta angustia de no volverte a lamer los dientes antes de irme definitivamente a la chingada, antes de que de verdad te entierre y te tenga que hallar devorada por gusanos en una plancha de disección, en un frigorífico, o hecha polvo entre estas cenizas que piso…

Te lo juro, Leticia, aún a estas horas, chingo a mi madre si apareces. 

lunes, 12 de septiembre de 2011

Y antes de ese aborto, Leticia, hubo lágrimas y más lugares comunes: súplicas y una constante incredulidad dolorida.

Te vi desprenderte de mis entrañas, te vi dolerme como una herida fina y profunda. Te vi escurrir por mi prepucio hasta hacerte agua salada y evaporarte de pronto por el calor de mi tristeza.

Estoy triste. Para qué voy a mentirte. Estoy que me lleva la chingada: tan vacío, ligero como una pinche pluma, lacio, pendejo, llorando como lactante. Porque estás lejos, conduciendo a toda velocidad, quizá, matándote, besando un cigarro, cantando como estúpida, haciendo como si no te doliera haberme abandonado, colocándote esa careta.

Me doy asco, Leticia: tengo la necesidad urgente de volverme imbécil y beber hasta que no reconozca mi reflejo; todo para ver si te asimilo, para ver si puedo mimetizarme con ése que me mira o con el recuerdo irritado de ti, y dejar de pensar que me persigues, Ele, empuñando otros ocho años de indolencia como lanza y esa sonrisa amarillenta, tan burlona, como escudo.

Me doy tanto méndigo asco, así, nuevamente roto, retorcido, herrumbrado, derritiéndome

miércoles, 17 de agosto de 2011

Y a pesar de aprehenderte cada día, no dejo de sentir que un trozo tuyo, Leticia; un trozo, sí, de piel expuesta, de ti, no me pertenece. Y cómo hacer para ya no liarme en más de mis inseguridades y cómo decirte que “sí”, si siempre me quedo en el “casi”.
Un día más, una noche entera, viendo, soñando que te veo, completamente expuesta, en los huesos, abandonando tu semilla, sin la separación de tus dientes, ya, pues, sola, dormida. Un minuto más de escuchar cada palabra, de guardarla en eco, de desprenderme. Un solo flash para todas tus fotografías y un solo golpe, contundente y reseco, en la memoria, para que olvides a todos, para llevarte, namás conmigo, de esta isla a una más desierta, Leticia.
De pronto, un silencio en la casa me hace pensar en egoísmo, en asesinatos, en ti entera, bien amarrada, como un estambre en madeja, a mi costilla y a mi pedazo de pulmón que te saluda con tos y a media madrugada; me dice que te contenga muy dentro, más allá de la piel de mis testículos, y que no te diga nada, y que me ponga una bata y salga a recibirte como si no me hubiera dolido no saberme parte de la piel muerta que expones a los otros cuando vas por la calle, arqueando la espalda, golpeando el suelo con la orfandad de tus piernas.
Y me quedo como un niño insatisfecho: jugando al detective, Leticia, buscando no sé qué pistas, tratando de encontrarme en tus reflejos, asechando desde lejos la espalda que me das cuando te duermes, los labios que no te beso cuando te miro cruzar la calle, las voces que ya no escucho por lo doloroso de tus timbres; todo para que me recuerdes, siempre así, Leticia, siempre en el “casi”, siempre a la expectativa de lo que harán mis manos una vez que hayan conseguido vaciarte hasta de mis propios miedos.

lunes, 8 de agosto de 2011

Para salir de ti, Leticia, tendré que andar por lugares inhabitables, repletos de mierda. Tendré, sin duda, que tragarme mis treguas y mis pactos; mis andares por la ciudad caminando solo se tornarán otro infierno al que no se puede renunciar porque no se sabe que ese lugar se trae adentro, adherido a no sé qué fibras, atado no sé con cuántas lágrimas imbéciles, lágrimas de berrinche, sales de niño de siete años empeñado en ser superior a Spider Man.
Esta noche, empapado de los pies y del olvido, propongo hablar abiertamente de lo triste que me siento sin tu cadera todas las noches, sabiendo que deseas permear con estupideces un camino que sólo se traza entre tu soledad y la mía, temiendo que tu gemido de libertad no sea sólo un alzamiento, sino la proclama de una revolución anónima y de masacre.
Me voy vaciando en camas distintas, porque ya no me importa conservarte, porque a pesar de la falta que me haces ya no estoy dispuesto a tolerar mi cama sin un cuerpo caliente en las noches y porque, sin temor a equivocarme, tú, Leticia, tienes miles de camas y de cuerpos en la memoria que te impiden adueñarte de este trozo miserable de clamores y uñas hechas porquería por tanto extrañarte y aborrecerte.
Soy un hombre sencillo: necesito una mujer o varios pedazos de muchas que me permitan adorarte incluso en estampitas, en biblias o en recetarios de cocina.
Una o varias para que te configuren un espacio real, un calor real, a mi lado.

miércoles, 20 de julio de 2011

Esta cama, Leticia y el no saber si esta noche me dejará pegar los ojos, soñar de verdad…
He pasado días sobre mi cama, sin beber una gota de agua o vino y no llego a dilucidar si estoy dormido todavía. Tengo en los labios un sismo que quisiera derrumbar uno a uno tus dientes con la fuerza que se le imprime a un beso lujurioso.
Total, ya lo sabes: soy el lampiño que se afeita frente al espejo y con la luz apagada para convencerse de que es otro hombre, cualquiera, menos el que lleva dentro como un ancla en el estómago.
Días de insomnio que no me enferman, ni me curan. Días que no se consuelan de verme dar vueltas en la cama como un oso enfurecido y hambriento. Calma, me exijo siempre; control y sabiduría, para que no me duela no tenerte pegada al espinazo como la piel que se margina con llagas ligeras.
Me pregunto qué me impide dormir o despertar.
Tu recuerdo, esa boca, el sofá…
Imbécil.
Sólo un imbécil que siente que no va a morirse nunca. Un imbécil soporoso y fumador compulsivo.
Imbécil que se queja de la dureza del colchón y de la rigidez de las sábanas cuando tiene fiebre, cuando puede percatarse de que tiene fiebre…
Leticia…

miércoles, 6 de julio de 2011

En fin, hoy voy a confesarme. Aclaro que no temo tu mirada, tu juicio: sólo voy a confesarme como cuando de pequeño me acercaba al párroco para besarle la mano, es decir, sin entender por qué debía de hacer semejante porquería.

Los rastros de la sombra que soy son ruidosos y supuran. A estas alturas me faltan cojones para buscar respuestas. Es simple, Leticia, la existencia se reduce, por fin lo entendí, a tener un coche y una casa que dentro contenga cinco personas, quizá desconocidas, intentando formar un concepto, amplificando la materialidad. La existencia se construye reduciendo todo a un fin. Vamos, pues, a gastarnos todo el dinero de los ahorros, a quedar en la pobreza, a hacerle de homeless lo que reste de nuestra vida.
Tú me recuerdas que esa sombra mía me pesa, que me contracturo la espalda siempre con la misma carga. Me alimentas un pensamiento estúpido: qué putas hago aquí solo, sin creerte, sin pensar en nada que no sean tus piernas.
Olisquearía tu trasero, fresco con restos de gotas de agua, si no fuera un perro viejo, sin ambiciones de procrear más carne de cañón para estos advenedizos que se dicen mis amigos, que se sientan a mi mesa a compartirme su miseria.
Carne, carne, carne, comprada con dinero extraído de mi carne. Total.
Me confieso, Leticia, puta en resurrección, un imbécil escéptico. Sí, uno de esos machos con el falo endurecido por golpearse fuertemente el espacio que se escurre detrás de su lengua.

jueves, 19 de mayo de 2011

Y aunque los ojos se buscaban, cambiaron el foco en la conversación para desconocerse.

Los cristales que los protegían de la humedad se empañaron con un leve susurro. Fue tal vez el viento que, al final, coloca los ánimos en distintas posiciones: hoy saluda al sol marcialmente; mañana desconocerá la luz, la insultará con convulsiones entre agua y barro. Es la naturaleza del viento: sólo seguir desenfocando palabras, permeando significados, enraizando recuerdos y felicidades a trozos estériles, a signos…

Recogió su mano entre las suyas para besarla secretamente, mientras ella pensaba en el tiempo que le tomaría volver a casa sin una gota de lluvia en el cabello. Hablaron de la posibilidad de jugar a que lo sabían: se creyeron omniscientes y libres.

El viento opuso resistencia a la caída de las horas sobre los hombros de ambos. El viento decidió colarse entre las piernas. Surgió un frío instante que les apretó los dientes con rabia. La mordaza: “al final, sabes que no puedes seguirme, no entrarás donde yo, no te sentarás a mi mesa, no compartiré contigo mi comida, ni cuidaré nunca más de ti”.

Se levantó para sugerir una despedida habitual, sin los aspavientos del que no regresará, juntó los brazos en señal de franca resignación, aspirando un olor inclasificable, dio media vuelta…

“En un despertar, los ojos…”, escribió.

En un despertar, los ojos se tornaron acuosos y la copa de vino recibió dos pequeñas descargas de su ira.

Me iré esta vez. Lo haré.

Olvidó que la posibilidad era el origen del deseo y que sin un plan b, el plan a siempre fracasaría. Jugó a las cartas, apostando siempre la misma cantidad.

Me iré.

miércoles, 20 de abril de 2011

Sí, Leticia, creímos que esta ficción nos mantendría a la expectativa.

Al menos, mi voz rasposa asume con humildad un oficio que no le corresponde: anunciar cataclismos, insurrecciones momentáneas. Habría de cansarme calzarme los zapatos y salir a la calle a apestar las aceras, los codos tímidos que se entierran en mis costillas. Habría de darme asco mirarme al espejo, sostenerle la mirada a las mujeres, saludar de mano a los reporteros.

Sin embargo, Leticia, conservo una afición por la mentira. Me he convertido en esta careta descarnada, en un cínico, en un combatiente, en la mierda que huelo cuando me pongo la pijama y finjo leer poesía dura, esa que cumple con la función de despertarme los bostezos.

Quiero envejecer con la dignidad que nunca me he puesto como etiqueta. Necesito acorralar todas las maldiciones, limpiarme el intestino y hacer yoga. Proponerte una tregua. Jugar a que no me está llevando la chingada. Un nuevo avatar convencido de que sus miserias lo conducirán al éxito en los clubes de veggies. Un puñetero. Un nuevo yo erigido como redentor de todas tus procacidades.

Abro la boca por impulso y esta vez no expulso más que vómito verde por tanta pinche espinaca.

sábado, 2 de abril de 2011

Es cierto, Leticia, estoy seco de la boca, de los oídos. Ni una gota de orina o de semen para regalarte.

Cómo voy a escribirte.

Fallado, finito, ficticio… como sea.

No tengo tiempo para comerme las uñas con tus aprehensiones.

Retazos de indulgencia, abstinencias y masturbaciones interrumpidas para besar tus muslos blancos, agrietados de tanta pinche blancura… Y no me sale una palabra-borrador para eliminarte de una apoltronada visión de mi vida.

Me insultas con esas piernas. Tengo incluso una rodilla tuya incrustada en la frente, entre las arrugas y el sudor frío.

Cómo voy a escribirte.

Te imagino desnuda, bailando al ritmo de mis aplausos vulgares o sepultando tu buen gusto bajo una bata estampada con flores amarillas del tamaño de mi puño.

Eres hermosa pese a ti, pese a mi recuerdo edulcorado con esterilidad y deseo puro de concebirte por medio de una imagen distinta a la de tus piernas blancas…

Hecho un estúpido a causa de la patada inicial de tu pie acariciando la llegada de una cajetilla nueva de cigarrillos baratos.

Nuevamente seco, sin la ambición de establecer un contacto con mi mandíbula temblorosa.

Seco, sin el golpe de la sangre convulsionándose por el par de muslos más crueles que ha lamido mi lengua.

Seco, sin tu llovizna, con el mundo en calma…

Cómo voy a escribirte…

Calma…

lunes, 21 de marzo de 2011

Un paréntesis, Leticia, sin culpabilidad y encabronadamente morado. El cuello, las manos en el cuello sin huella del delito.

El eco baja al estómago, ahí se esconde en las tripas revueltas por tanto beso que se omite: "por qué detenerlo". Al final, Leticia, "yo no quiero dar nada", ni omisiones, ni besos, ni ecos, ni cuellos, ni líneas de luz morada que estallen en los ojos cerrados.

"Por qué secarlo" si los días del camino libre se me antojaron burla; "ni más oscura" la voz que se hace hilo de tan fina; "ni llorar y ni modo" para hacerlo estancar en dónde chingados, si ya no cabe de tan lleno.

"Por qué detenerlo" si ya había ojos morados de tanto madrazo silente. "No el definitivo" pero ya estaba tirada en tu lona y en mi cuento y mi soundtrack o en la piel arrugada de mi pene. "Por qué parar" sin lágrimas y sin maquillaje corrido, a gritos de "cállate o me desmadro"...

lunes, 14 de marzo de 2011

Sólo necesito hacerme de una posición inteligente, Leticia: un pedestal desde el que te gobierne. Tus muslos enrojecidos en la piedra del sacrificio y tu cabello, trigo, cayendo como alimento para los pobres.

Soy un imbécil y un cobarde: ni siquiera tengo los arrestos para matarte. Ni a ti, ni a una rata. Compasivo, me truenan los dedos, no sé disparar. Exangüe, no sé como todavía consigo tener erecciones.

Con la misma cantaleta he fastidiado a Laura. A estas alturas debe mirar mi fotografía con desprecio o lástima. Tres meses de visitas continuas a su departamento, noches y semanas aturdiéndola con mis gemidos, prometiéndole demoliciones y premios de buena hembra, besándola con la rabia que no tengo…

¿Comparación?

Esa mujer es una santa: estoica y estúpida.

Yo no busco la redención en su cuerpo mórbido; aspiro a la tuya de bocas sucias, arrugas y pantalones ajustados. Deseo tus encías y lo amarillo de tus dientes, tu silencio, las leves caricias a mi pene mientras que fingía estar dormido. Quiero fumar como tú lo harías, exhalar tus maldiciones con los colmillos clavados en los labios, sangrar, recibir cada golpe de humo como una descarga eléctrica en mis dendritas…

¿Comparación?

No, yo soy un recipiente de cristal: vierte mierda o camarones…

domingo, 13 de febrero de 2011

Laura, la buena mujer con la que me acosté ayer, ha llamado esta tarde. Me dijo que se sentía un poco estúpida al hacerme una invitación. Es franca. Dijo que está sola y enamorada de un editor que se parece a Maximiliano de Habsburgo, que no lo puede olvidar y que una presentación de un libro es el mejor pretexto para llevarse a un tipo como yo nuevamente a la cama.

Me sorprende que una chica me lleve a la cama, Leticia, y si no tuviera necesidad de sacarme de la cabeza toda la mierda acumulada, me escandalizaría al grado de terminar la llamada con un grito: “Lesbiana, deja de acosarme. Soy tan bello como una actriz de Hollywood, pero podría ser tu padre”.

He tenido que tragarme todo el desperdicio de una mujer de 23 años, angustiada por sus seis kilogramos de sobrepeso a cambio de dos horas de calor en una cama extrajera. Esto no es un buen negocio, me dije mientras le pasaba la lengua por la espalda marcada por las tiras de un sostén negro y liso.

En su ebriedad me confesó que el desengaño del editor era como echarle una rayita más al tigre, que ella era la mujer más asquerosa sobre la tierra y que jamás nadie la amaría, que pensaba que la literatura era una mierda para gente acomplejada como ella y que por esa razón había dedicado cuatro años al estudio del pinche Quijote y lo aledaño. Conoce el mundillo literario y le apasiona tanto como la obesidad que dice tener.

Es franca y en su mirada me reconozco.

-Si me pides una opinión, Laura, puedo decirte que eres una mujer estupenda, que a tu edad uno se victimiza con la literatura y que el amor por tu Maximiliano se irá desvaneciendo con los años y las ocupaciones de una tesis de maestría.

Mentí en todo, la dejé acostada sobre su cama, envuelta en un suéter y un cobertor.
Odio haberme comportado como el calvo que soy. Un lugar común. Debí cogérmela hasta que se cansara de hablar, pero soy antes que cualquier cosa un hombre comprensivo, uno de esos hombres que escuchan antes de introducir su pene en una vagina que necesita más acción que verborrea imbécil. Un lugar común.

Soy el predilecto de las chicas sin habilidades, Leticia. Soy como un sacerdote y como un hermano. Soy un lugar común.

sábado, 12 de febrero de 2011

Quisiera decirte, Leticia, que lo he pasado bien. La incapacidad laboral no me ha hecho reflexionar y tampoco me he pasado 72 horas postrado en la cama. Salí, fumé, hice el amor con una buena mujer. Estoy más enfermo hoy.

Quisiera abrigar las dudas como cuando era adolescente, pero mi piel ya no es rolliza: estoy seguro de que no moriré pronto y de que esto no terminará aun estando cómodamente acostumbrado a los gusanos o a la estrechez del ataúd.

Mierda, Leticia, las horas no caen, los días no pasan, no respiro: estoy vivo, bien pinche vivo y aburrido de que no regreses. Ínflame el globo y reviéntalo con tus uñas largas. Tu vahó, tu aire o cualquier cosa, menos los ejercicios para poder correr tres cuadras sin cansarme.

Estoy forjado y me digo que no pararé el rumbo de las cosas, que no voy a cuestionarme, que no quiero que vuelvas, que no y que no…

¿Por qué es tan difícil cerrarle la puerta en la cara a los extraños?

Me da miedo llegar a comprender que esta trampa la he tejido tan bien, que será imposible escaparme a los subterfugios acostumbrados. No te alcanzo, simplemente. Estás tan hecha ¿De cuál pedazo tuyo voy a colgarme esta vez? ¿Cuándo voy a decidirme a ser amamantado? Le temo a tu flema, a tu leche, a ti tan entera.

Me pregunto si será tan fácil construirse como tú lo has hecho. Me reprocho por no poder hacerlo solo. Tus tantos asideros, tus vicios, el carmín de tus labios…

Mierda, Leticia, al final sabemos que yo no quiero dar nada, que mi incapacidad en realidad se reduce al peso neto de mi mismo esqueleto.

¿Cuál paso?, ¿cuál camino?

¿Qué chingados hago metiéndome por las fauces tu aroma a semen infantil?

viernes, 11 de febrero de 2011

Que de esto no te quede la menor duda, Leticia. No estoy acotando puntos en mi línea de pánico, no quiero ser un hombre nuevo, no quiero dejar de fumar ni de leer los periódicos. Únicamente tengo la necesidad de recibir un ominoso mensaje que me dicte una lista inútil de actividades para perder el tiempo y algunos años de mi cabellera, para dejar de pensar en lo que pude haber hecho con unos cuantos kilos de valor encima.

Podría ir sumando mis caretas de ansiedad y mis perfiles paranoicos, basta posicionarme frente al espejo y montarme una de esa batallitas para acceder a ellos. Avatares, me decías, Displicencias, me decías. Hasta hoy, sin hacerme el inocente, puedo asegurar que son un solo pedazo. Son mi pedazo, Leticia. Soy yo. Y al final uno siempre es un avatar de sí mismo.

Prestar atención a la forma. Ser la forma. Disfrutar del arte. Saber qué es lo bello. Convertir un problema ético en un problema estético. Ostentar en la frente la palabra “Porquería”. En ese orden, Leticia, todo apunta al suicidio de un pedazo mío para alumbrar otro pedazo más perspicaz a los pares de ojos culturetas.

Irme perdiendo en mi propia broma, ser el artífice de mis dramas, creer la ficción que yo mismo me escribo, vivir como uno y no como el otro por temor a confundirme con mis propias mentiras , autodenominarme YO en tercera persona, no tomar el arma y no dispararme.

Mierda, Leticia, es inútil, no tengo un momento de paz en mi alma y mis testículos comienzan a estrangularme.

Ruptura, Leticia, y sentimiento de culpa por romper el himen de una joven, por romperle la espalda a golpes a mi mejor amigo, por romperme el hocico en una pelea con travestis. Ruptura de la propia ruptura al beberme un vaso de leche tibia y mirar el Canal 2.

¿Y si le diera un giro a todo esto? ¿Y si esta vez me atrevo a tomarte en brazos y ponerme a llorar? ¿Sería más hombre o más canalla? ¿Me estoy arrepintiendo de haberte corrido con ese profundo y bien reflexionado “chinga tu madre, bastarda de mierda” que nunca te dije?

Dime la verdad, Leticia, qué o quién chingados soy y por qué me hace tanta falta llorar hasta tragarme mi propia amargura revuelta con mocos. Dime, regálame un manual para atragantarme con mis propias palabras. Chingá.

martes, 11 de enero de 2011

Hoy, Leticia, voy a callarme. Dos o tres martillazos en los dedos me ayudarán a cerrar la boca.